Cubano y universal

Yimel Díaz Malmerca - Trabajadores

El pintor Wilfredo Lam durante su juventud

Hoy 11 de septiembre se cumplen 25 años de la muerte del pintor cubano más universal: Wifredo Lam (Sagua la Grande, 1902-París, 1982). Se dice que ese último viaje del genial pintor a la Ciudad Luz tenía el propósito de poner en orden algunas de sus cosas para radicarse finalmente en la Isla luego de una itinerante vida que lo llevó a España, Francia, Estados Unidos, Haití, Italia y otros países.

A pesar de los augurios de su madrina, Mantonica Wilson, quien le aseguró un brillante futuro como babalao, Lam —el último hijo de un inmigrante cantonés y una mulata cubana—, decidió dejar su Sagua natal y viajar a La Habana a estudiar leyes y pintura. Poco atraído por las primeras, se concentró en las artes plásticas y matriculó en la Academia de Artes San Alejandro.

En 1923, con solo 21 años, ganó una beca para estudiar en Madrid. Lo que hubiera sido una breve escala en España, se convirtió en 14 años definitorios en su vida y obra. De esa época se conservan dibujos en los que el pintor muestra ya su interés por cuestiones sociales.

A la factura convencional de sus primeras obras, Lam fue incorporando un lenguaje moderno donde se combinaban estructuras geométricas con una profusa imaginación, elementos que lo enlazan, para siempre a la corriente surrealista de moda en ese momento en España, y más tarde al abstraccionismo.

La Guerra Civil Española lo sorprendió en Madrid. Tomó partido a favor de la República.

Trabajó en labores de propaganda antifascista y también colocando espoletas en una fábrica de granadas antitanques hasta que fue hospitalizado por una severa intoxicación.

Finalmente debió dejar España y viajó a París.

Entre sus objetivos estaba conocer a Pablo Picasso, cuya obra admiraba desde mucho antes.

Una carta de presentación de un amigo le allanó el camino y desde el primer encuentro se estableció una profunda relación que llevó al genio malagueño a presentar a Lam como su "primo cubano". Se admiraban mutuamente y la confrontación de puntos de vista fue definitoria en la obra futura de ambos artistas.

La guerra lo obligó a cambiar de planes una vez más. En 1939, identificado ya como un luchador antifascista y ante la inminencia de la ocupación de París por tropas alemanas, Lam dejó sus obras al cuidado de Picasso, pasó por Marsella, donde ilustró un libro de André Breton, y finalmente regresó a su mundo, el Caribe.

El reencuentro con La Habana ocurrió en 1941. Luego de 17 años de ausencia, la realidad social y cultural hallada lo sumergió en un profundo cuestionamiento. Algunos críticos identifican aquí una nueva etapa en la obra de Lam en la que se aprecia un redescubrimiento de la cubanía.

Sus referentes autóctonos se funden con las formas aprendidas en Europa y aparecen obras como La Jungla (1942-1943), donde pinta la mística del panteón yoruba y la exorbitante vegetación caribeña, elementos que junto a demonios, "pájaros sagrados, palmas delirantes y cocoteros ansiosos", habitan una gran parte de sus cuadros.

En 1952 se instaló en Nueva York. Era ya un artista de consolidado prestigio internacional.

No dejó de trabajar y tampoco abandonó las relaciones con su Cuba natal. Apoyó a los movimientos opuestos al dictador Fulgencio Batista y recibió con entusiasmo el triunfo revolucionario de 1959.

Lam se vinculó a la nueva gesta. Organizó y promovió, en 1967, lo que ha quedado en la historia del arte cubano como un momento de ruptura y enlace con la vanguardia plástica europea: el Salón de Mayo de París en La Habana, que amplió los horizontes artísticos y socializadores del arte hasta niveles inestimables.

Pero los verdaderos valores de su producción escapan al ojo entrenado del más experto tasador de obras de arte; esos habitan en esta Isla que lo inspiró y a cuyas esencias culturales y sociales guardó eterna fidelidad. Su quehacer ha soportado el paso del tiempo y ante cada mirada se nos revela con un discurso inquisidor acerca de temas que hoy preocupan al mundo: la multiculturalidad, la identidad de los pueblos y la relación del hombre con su entorno.

El 8 de diciembre próximo Lam cumpliría 105 años, y aunque su obra trasciende las conmemoraciones habituales, el Centro de Arte Contemporáneo que lleva su nombre ha decidido organizar un ambicioso programa, cuyo momento cumbre podría ser una nueva edición del Salón de Mayo de París en La Habana. Pero Lam merece la reverencia eterna de la cultura cubana y la socialización de su arte desde todas las manifestaciones, sean la plástica, la música, la danza, la literatura… Su herencia, el testamento no escrito del que todos los cubanos somos beneficiarios, está aún por ser revelado.