Wifredo Lam: la inmensidad de un genio
12/09/07 17:52
Por:
Francisnet Díaz Rondón - Periódico Vanguardia
Hace 25 años, el 11 de septiembre de 1982, dejó de existir en París
uno de los más grandes pintores cubanos y universales de todos los
tiempos. Un genio orgullosamente humilde y multiétnico en fisonomía
y pensamiento; un hombre que, a pesar de la extensa lejanía de su
tierra natal, jamás dio las espaldas a sus raíces, sino que las
tomó entre las manos y se las llevó consigo hacia todas partes para
lanzarlas a los cuatro vientos a la vista de todos, a los ojos del
mundo: Wilfredo Oscar de la Concepción Lam y Castilla, o
sencillamente, Wifredo Lam.
Nacido en el norteño poblado de Sagua la Grande, en la antigua provincia de Las Villas (hoy, Villa Clara), el 8 de diciembre de 1902 —hace exactamente 105 años—, de la unión de Lam Yam, su padre, de origen chino, y Ana Serafina Castilla, una mulata con ascendencia india y europea, el insigne pintor pasó su infancia en un ambiente modesto y de respeto, pero con gran calor familiar, junto a sus progenitores y siete hermanos, entre ellos, seis hembras, a las cuales profesó profundo cariño.
Bajo la guía de sus padres, Lam recibió una amplia y provechosa educación, que le valió para futuros empeños. En entrevista biográfica, publicada en el libro intitulado con su propio nombre, del desaparecido intelectual Antonio Núñez Jiménez, relató: «Me enseñaban tomando como texto los programas de cine, que en los pueblos pequeños se repartían casa por casa. Tenía que leer los títulos de las películas, y mi maestro aprobaba o no la dicción (…)».
Aunque en Sagua la Grande tenía muchos amigos de origen asiático como su padre, el joven Lam sintió más inclinación hacia la raza de su madre y la cultura africana. Sentía orgullo de su pelo encrespado —fue el único entre sus hermanos que lo tuvo con esas características—, y confesaba sentirse bien como cubano, mestizo, negro… Poseía un particular concepto acerca del problema racial, y se desenraizó de todo tipo de racismo, al punto de que nunca comprendió la discriminación porque «solo podría comprenderla si la atribuyese a la poca capacidad humana e intelectual de quienes la practican».
En 1916 se trasladó a La Habana con el propósito de estudiar Derecho, deseo de la familia. Procuraban que se hiciese abogado, pero la atracción por la pintura se impuso de forma determinante. Cuatro años más tarde matriculó en la Academia de San Alejandro, donde recibió lecciones del profesor Sulroca. Allí conoció y entabló amistad con el ayudante de este en aquel entonces, el también destacado dibujante Víctor Manuel García.
En la institución le hacían copiar estatuas griegas, las cuales rechazaba. Y al percatarse del rancio academicismo dominante dejó de interesarle el colegio.
En su estudio en Sagua la Grande.
Muchas penumbras pasó el bisoño artista en la capital cubana. Para subsistir realizó los más disímiles trabajos, todos relacionados con sus habilidades en la plástica: vendió cuadros de su autoría, decoró muebles, diseñó carteles, pero nunca desfalleció en su empeño de convertirse en un gran pintor.
Desde muy joven soñó con estudiar en Europa y visitar España, pues le interesaba conocer a la gente de allá en su propio terreno, deseo que vio hecho realidad en 1923. Amigos de su familia lograron conseguir una ayuda monetaria de 40 dólares, otorgada por el Ayuntamiento de Sagua la Grande, la cual resultaba insuficiente. Al final, Lam tuvo que pagar su pasaje.
En la llamada Madre Patria estudió en el taller de Fernando Álvarez de Sotomayor, director del Museo del Prado y reconocido por haber sido maestro de Salvador Dalí. Durante su estancia conoció de cerca las obras de los grandes pintores hispanos. En su primera visita al «Prado», le impresionaron sobremanera su arquitectura, y los cuadros de los grandes maestros, con temas religiosos o retratos de las familias reales, de los cuales se impregnó. Al respecto, comentó:
«Yo pensaba que aquello no era la verdadera pintura, pero todos mis amigos españoles me decían que esos cuadros eran maravillosos, y efectivamente, al estudiarlos aprendí mucho de ellos. (…) Se ha dicho que salté de golpe de una pintura tradicional, casi académica, al arte moderno. Eso en parte es verdad, pero solo en lo visible. He analizado mucho toda la pintura española porque es digna de estudio, y su influencia es siempre generadora (…)».
Su compromiso con el país ibérico que le acoge le lleva a defender la causa republicana tras el estallido de la Guerra Civil, por lo que comienza a trabajar en una fábrica de armamentos. Sin embargo, una enfermedad intestinal le obliga a dejar esta actividad y es internado en el sanatorio de la localidad de Caldes de Montbui. Allí conoce al escultor Manolo Hugué, quien ante el deseo manifestado por el cubano de viajar a París, le facilita una carta de presentación para Pablo Picasso.
Lam, que había tenido ocasión de asistir a la exposición del ilustre pintor cubista, celebrada en Madrid en 1936, definió esta experiencia como «una conmoción». Dos años después ambos se encontraron por vez primera en la Ciudad Luz, y nació una estrecha y profunda amistad. En ese mismo año viajó a México donde permaneció con Frida Kahlo y Diego Rivera.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el artista vivió la mayor parte del tiempo en
La Jungla.
el Caribe, junto con Claude Lévi-Strauss, André Masson, y André Breton, cuyo poema Fata Morgana, Lam ilustró en el 1940. Al año siguiente regresó a la capital cubana donde fue fuertemente influenciado por las teorías de Carl Jung. A finales de 1942 comenzó su importante obra La Jungla (1943), en la cual dejó de manifiesto su estilo propio en el que combinaba el surrealismo y el cubismo con el espíritu y formas del Caribe. Su herencia multicultural, así como su relación con la santería, asumida en la tierra que lo vio nacer, se manifiesta extensamente en sus creaciones.
Entre 1942 y 1950 realizó exhibiciones regulares en el Pierre Matisse Gallery, de Nueva York, y en La Habana. Después de una breve estancia en Haití, regresó a Francia. Viajó intensamente durante los años siguientes y en 1960, se estableció en Albisola Mare, en la costa italiana.
A lo largo de su vida, Wifredo Lam recibió numerosos premios y reconocimientos, entre ellas la Orden Félix Varela de Primer Grado. Sus obras se encuentran en las principales galerías del mundo, muchos de ellos en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.
En víspera de un nuevo regreso a la Patria, falleció en la capital francesa, y sus restos fueron incinerados en el cementerio de Père Lachaise. Cumpliéndose su voluntad sus cenizas descansan para siempre en Cuba.
La síntesis de su legado y personalidad se refleja con claridad en el siguiente fragmento del discurso pronunciado por Armando Hart Dávalos, entonces Ministro de Cultura, al otorgársele al destacado pintor la Orden Félix Varela de Primer Grado, el 7 de noviembre de 1981, en París:
«(…) El talento creador de Lam llega a las cumbres porque no niega sus orígenes, sino que los recoge y exalta a un plano universal. Llega a tan alta escala porque toma de Europa lo más avanzado de la plástica moderna y no olvida, sino por el contrario, afirma, lo genuinamente cubano y americano. Porque se mantuvo fiel a su origen nacional, puede hacerse universal».
Fuente consultada:
Antonio Nuñez Jiménez: Wifredo Lam, Ed. Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba, 1982.
Nacido en el norteño poblado de Sagua la Grande, en la antigua provincia de Las Villas (hoy, Villa Clara), el 8 de diciembre de 1902 —hace exactamente 105 años—, de la unión de Lam Yam, su padre, de origen chino, y Ana Serafina Castilla, una mulata con ascendencia india y europea, el insigne pintor pasó su infancia en un ambiente modesto y de respeto, pero con gran calor familiar, junto a sus progenitores y siete hermanos, entre ellos, seis hembras, a las cuales profesó profundo cariño.
Bajo la guía de sus padres, Lam recibió una amplia y provechosa educación, que le valió para futuros empeños. En entrevista biográfica, publicada en el libro intitulado con su propio nombre, del desaparecido intelectual Antonio Núñez Jiménez, relató: «Me enseñaban tomando como texto los programas de cine, que en los pueblos pequeños se repartían casa por casa. Tenía que leer los títulos de las películas, y mi maestro aprobaba o no la dicción (…)».
Aunque en Sagua la Grande tenía muchos amigos de origen asiático como su padre, el joven Lam sintió más inclinación hacia la raza de su madre y la cultura africana. Sentía orgullo de su pelo encrespado —fue el único entre sus hermanos que lo tuvo con esas características—, y confesaba sentirse bien como cubano, mestizo, negro… Poseía un particular concepto acerca del problema racial, y se desenraizó de todo tipo de racismo, al punto de que nunca comprendió la discriminación porque «solo podría comprenderla si la atribuyese a la poca capacidad humana e intelectual de quienes la practican».
En 1916 se trasladó a La Habana con el propósito de estudiar Derecho, deseo de la familia. Procuraban que se hiciese abogado, pero la atracción por la pintura se impuso de forma determinante. Cuatro años más tarde matriculó en la Academia de San Alejandro, donde recibió lecciones del profesor Sulroca. Allí conoció y entabló amistad con el ayudante de este en aquel entonces, el también destacado dibujante Víctor Manuel García.
En la institución le hacían copiar estatuas griegas, las cuales rechazaba. Y al percatarse del rancio academicismo dominante dejó de interesarle el colegio.
En su estudio en Sagua la Grande.
Muchas penumbras pasó el bisoño artista en la capital cubana. Para subsistir realizó los más disímiles trabajos, todos relacionados con sus habilidades en la plástica: vendió cuadros de su autoría, decoró muebles, diseñó carteles, pero nunca desfalleció en su empeño de convertirse en un gran pintor.
Desde muy joven soñó con estudiar en Europa y visitar España, pues le interesaba conocer a la gente de allá en su propio terreno, deseo que vio hecho realidad en 1923. Amigos de su familia lograron conseguir una ayuda monetaria de 40 dólares, otorgada por el Ayuntamiento de Sagua la Grande, la cual resultaba insuficiente. Al final, Lam tuvo que pagar su pasaje.
En la llamada Madre Patria estudió en el taller de Fernando Álvarez de Sotomayor, director del Museo del Prado y reconocido por haber sido maestro de Salvador Dalí. Durante su estancia conoció de cerca las obras de los grandes pintores hispanos. En su primera visita al «Prado», le impresionaron sobremanera su arquitectura, y los cuadros de los grandes maestros, con temas religiosos o retratos de las familias reales, de los cuales se impregnó. Al respecto, comentó:
«Yo pensaba que aquello no era la verdadera pintura, pero todos mis amigos españoles me decían que esos cuadros eran maravillosos, y efectivamente, al estudiarlos aprendí mucho de ellos. (…) Se ha dicho que salté de golpe de una pintura tradicional, casi académica, al arte moderno. Eso en parte es verdad, pero solo en lo visible. He analizado mucho toda la pintura española porque es digna de estudio, y su influencia es siempre generadora (…)».
Su compromiso con el país ibérico que le acoge le lleva a defender la causa republicana tras el estallido de la Guerra Civil, por lo que comienza a trabajar en una fábrica de armamentos. Sin embargo, una enfermedad intestinal le obliga a dejar esta actividad y es internado en el sanatorio de la localidad de Caldes de Montbui. Allí conoce al escultor Manolo Hugué, quien ante el deseo manifestado por el cubano de viajar a París, le facilita una carta de presentación para Pablo Picasso.
Lam, que había tenido ocasión de asistir a la exposición del ilustre pintor cubista, celebrada en Madrid en 1936, definió esta experiencia como «una conmoción». Dos años después ambos se encontraron por vez primera en la Ciudad Luz, y nació una estrecha y profunda amistad. En ese mismo año viajó a México donde permaneció con Frida Kahlo y Diego Rivera.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el artista vivió la mayor parte del tiempo en
La Jungla.
el Caribe, junto con Claude Lévi-Strauss, André Masson, y André Breton, cuyo poema Fata Morgana, Lam ilustró en el 1940. Al año siguiente regresó a la capital cubana donde fue fuertemente influenciado por las teorías de Carl Jung. A finales de 1942 comenzó su importante obra La Jungla (1943), en la cual dejó de manifiesto su estilo propio en el que combinaba el surrealismo y el cubismo con el espíritu y formas del Caribe. Su herencia multicultural, así como su relación con la santería, asumida en la tierra que lo vio nacer, se manifiesta extensamente en sus creaciones.
Entre 1942 y 1950 realizó exhibiciones regulares en el Pierre Matisse Gallery, de Nueva York, y en La Habana. Después de una breve estancia en Haití, regresó a Francia. Viajó intensamente durante los años siguientes y en 1960, se estableció en Albisola Mare, en la costa italiana.
A lo largo de su vida, Wifredo Lam recibió numerosos premios y reconocimientos, entre ellas la Orden Félix Varela de Primer Grado. Sus obras se encuentran en las principales galerías del mundo, muchos de ellos en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.
En víspera de un nuevo regreso a la Patria, falleció en la capital francesa, y sus restos fueron incinerados en el cementerio de Père Lachaise. Cumpliéndose su voluntad sus cenizas descansan para siempre en Cuba.
La síntesis de su legado y personalidad se refleja con claridad en el siguiente fragmento del discurso pronunciado por Armando Hart Dávalos, entonces Ministro de Cultura, al otorgársele al destacado pintor la Orden Félix Varela de Primer Grado, el 7 de noviembre de 1981, en París:
«(…) El talento creador de Lam llega a las cumbres porque no niega sus orígenes, sino que los recoge y exalta a un plano universal. Llega a tan alta escala porque toma de Europa lo más avanzado de la plástica moderna y no olvida, sino por el contrario, afirma, lo genuinamente cubano y americano. Porque se mantuvo fiel a su origen nacional, puede hacerse universal».
Fuente consultada:
Antonio Nuñez Jiménez: Wifredo Lam, Ed. Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, Cuba, 1982.




