Biagué, poseedor de los secretos de Obi
15/06/07 06:48
En una
tribu de la vasta extensión africana del Dahomey, vivía un awó llamado Biagué. Este tenía un hijo único llamado
Adiatotó, y otros que él había criado y que lo respetaban
y querían, pero que eran adoptados. Biagué se sentaba todos los días debajo de un cocotero y
con gran paciencia le enseñaba a Adiatotó su poético y bello sistema adivinatorio, a través
del coco seco. Adiatotó se convirtió, por la gracia de los orichas que
veían en él una esperanza para comunicarse con los humanos, en un
gran sabio de la adivinación. Pero cuando murió Biagué el awó, los hijos adoptivos se llevaron las
pertenencias y botaron a Adiatotó de la casa.
Adiatotó, abandonado a su propia suerte, estuvo deambulando por montes y montañas hasta que un buen día sintió el repicar de unos tambores. Llamaban a una reunión en su antigua tribu, convocada por el obbá. Y según el mensaje de los tambores, era una llamada de urgencia.
Adiatotó se dirigió hacia allá, cruzando ríos y lagunas y alimentándose de lo que encontraba en su camino. Al llegar descubrió que el obbá debía decidir a quién darle una tierra fértil. Era la causa de la disputa entre los hijos adoptivos del difunto Biagué. El obbá no les creía a ninguno de los dos pues había escuchado en leyendas que su verdadero dueño era Adiatotó. El rey era conocido por su sentido de justicia, no quería equivocarse en la sentencia.
Adiatotó reclamó su propiedad alegando que él era el heredero. El obbá le pidió una prueba y Adiatotó dijo que, si al tirar los cocos salían con la masa blanca hacia arriba, esto quería decir que la tierra era de él. Y así fue; pero el obbá quiso otra prueba. Entonces Adiatotó le dijo que si salían dos boca abajo y dos boca arriba tendría la seguridad. Esto fue lo que ocurrió y el obbá lo llevó con él para tenerlo cerca y saber lo bueno y lo malo que el futuro le depararía.
Adiatotó, abandonado a su propia suerte, estuvo deambulando por montes y montañas hasta que un buen día sintió el repicar de unos tambores. Llamaban a una reunión en su antigua tribu, convocada por el obbá. Y según el mensaje de los tambores, era una llamada de urgencia.
Adiatotó se dirigió hacia allá, cruzando ríos y lagunas y alimentándose de lo que encontraba en su camino. Al llegar descubrió que el obbá debía decidir a quién darle una tierra fértil. Era la causa de la disputa entre los hijos adoptivos del difunto Biagué. El obbá no les creía a ninguno de los dos pues había escuchado en leyendas que su verdadero dueño era Adiatotó. El rey era conocido por su sentido de justicia, no quería equivocarse en la sentencia.
Adiatotó reclamó su propiedad alegando que él era el heredero. El obbá le pidió una prueba y Adiatotó dijo que, si al tirar los cocos salían con la masa blanca hacia arriba, esto quería decir que la tierra era de él. Y así fue; pero el obbá quiso otra prueba. Entonces Adiatotó le dijo que si salían dos boca abajo y dos boca arriba tendría la seguridad. Esto fue lo que ocurrió y el obbá lo llevó con él para tenerlo cerca y saber lo bueno y lo malo que el futuro le depararía.




