Changó y Yemayá, casi amantes

pilon del Chango del Oriate Efun Miwa en su casa de cuba

Changó, rumbantelo como un güiro, siempre anduvo de fiesta en fiesta mostrando sin modestia sus dotes de bailarín, tamborero y conquistador. No se podía negar que era hermoso y apuesto y que con sus manos ponía al rojo vivo el cuero de los tambores. Apenas llegaba a una fiesta, uno de los tamboreros le ofrecía su puesto a cambio de alguna lección. Sus manos repiqueteaban contra el cuero en una loca carrera llena de movimientos armónicos y cadenciosos, mientras se reía y sacaba la lengua. Otros no podían siquiera soñarse unas manos tan prodigiosas.

Changó no podía estar detrás de unas claves o de un tambor toda la noche, lo estimulaba el palpitar del cuerpo que le pedía baile y sabor de negras, besos, halagos, cabalgatas sobre una cama… Salía a la pista y con una sonrisa invitaba una joven a bailar. Pocas se negaban, por no decir ninguna. Algunas se veían ante el embarazo del momento, para las mujeres era un privilegio bailar con él. Y si se escapaba un beso, o una cita al final de la fiesta pues tenían una razón para considerarse las más atractivas del lugar, Changó era muy riguroso en cuanto a la belleza femenina.

Hasta que una noche se tropezó con los ojos de una negra de piel brillante y rostro afinado, no parecía negra, parecía una negra de otras tierras, con trencitas pegadas al cráneo y que caían por todas sus espaldas, un peinado inexplicable y misterioso a la vista de los curiosos y un sonreír tan cautivador como el que ofrecía el bailarín dotado.

Mirándola perdió el ritmo de la danza, ella lo observaba con el mentón muy cercano al pecho y alzando las cejas a cada instante y soltando una sonrisa que lo desarmaba de orgullo y hombría engalanada. Comenzó a bailar sola; sin acercarse a él que trataba de acompañarla. Ella retozaba con la música moviendo las caderas, buscando su mirada y luego escapando de ella.

—¿Cómo te llamas? —decían los ojos de él.
—¿No ves que soy demasiado mujer para ti, engreído? —respondía mientras cerraba los ojos y juntaba los hombros para luego abrir sus brazos y con suavidad imitar un oleaje marino en el amanecer.
—¿De veras no quieres decirme tu nombre, belleza?

Ella continuaba bailando impetuosa, contagiando al bailarín que no podía concentrarse en dos cosas, o la miraba o la superaba en la danza.
Ella bailaba y giraba sobre si misma, era el centro de la atención de un público que nunca había visto a
Changó en dificultades mientras danzaba. Imprevistamente se paró y le dijo que se llamaba Yemayá y que si quería venir hasta su casa le podría demostrar qué tipo de hombre era.

Salieron de la fiesta y tomaron un rumbo que preocupó a
Changó.



—¿Adónde me llevas? —le preguntó dando a su voz un toque de víctima intrigada.
—A mi casa, es cerca de aquí —le dijo indicando el mar.

Fueron hasta la costa. Tomaron un bote que estaba atado a una palmera y lo echaron a la mar.
Yemayá le dio dos remos y le pidió que remara hasta que llegaran a su morada. Comenzó a hacerlo sin mostrar síntomas de cansancio. La miraba con lascivia y le hablaba cosas que ella parecía no atender, ella miraba al cielo o a las aguas con una sonrisa que denotaba su extraña belleza y un toque de malicia. Metió uno de sus dedos en el agua. Con una carcajada enloquecida se puso de pie en el bote, las manos en la cintura y comenzó una tormenta que parecía provenir de su vestido azul que se removía y alzaba sin descanso. Ella se alzó entre los vientos dejando la ligereza del bote al alboroto de las olas y le gritaba, ¡Changó, demuéstrame qué hombre eres! ¡Quiero un hombre entre mis sayas que sepa dominarme!

Irremediablemente
Changó fue presa de las aguas. Comenzó a batallar contra ellas para salvarse. Eran remolinos que no le permitían tomar rumbo preciso en su bracear, perdía el sentido de la orientación y una fuerza lo arrastraba hacia el fondo de las aguas.

Le quedaban fuerzas y continuaba robándole al viento un poco de oxígeno con sus pulmones entrenados en guerras y bailes.

Yemayá gozaba a carcajadas del espectáculo; entraba en el agua, se confundía con ella y emergía luminosa y cada vez más bella, a veces entre la espuma y otras cortándolas con su cuerpo sinuoso, viendo si su pretendiente era capaz de soportar la prueba y no se espantaba con la locura acuática.

Pero él no soportaba más. Sacaba fuerzas de donde no tenía, continuaba nadando para escapar de los vórtices de aguas; poco a poco comenzó a darse cuenta que su honor sería estropeado por una beldad con la que no había compartido el lecho, que le habría hecho rodar el orgullo con la muerte en el mar. No tenía otra escapatoria que apartar su hombría y pedir socorro.

— ¡Ayúdenme, me ahogo! — en medio de sus chillidos apareció Obatalá, vestida de blanco, que sin mostrar desespero, se dirigió a
Yemayá.
—¡Sálvalo Yeyé! — dijo
Obatalá imperiosa.
—No, sálvalo tú. Es tu hijo.
—Hijo mío porque lo crié; pero fuiste tú quien lo parió. Así que sálvalo de ese tormento que has creado.

Cuando escuchó estas palabras,
Yemayá alejó de sus adentros la mujer coqueta que deseaba burlarse del negro hermoso. Comprendió que esa belleza y esos dotes en el cuerpo le eran familiares, provenían de ella misma.

Afloraron sus instintos de madre. Se sumergió entre las aguas, calmó el desorden, enderezó el bote y metió a
Changó dentro.

Cuando
Changó se vio liberado y tuvo delante a Obatalá corrió a su encuentro.

—¡Madre…!
—Ya ves, no soy tu madre natural. Yo solamente te crié y te hice hombre; esa negra que querías conquistar es la mujer te trajo a la vida.
Él se quedó sorprendido y ella comenzó a mirarlo con otros ojos y expresó la frase que desde entonces los hace estar juntos en cualquier ceremonia …
Iyamaseloddé… madre e hijo a comer al mismo tiempo.

Desde entonces existe la costumbre de que
Yemayá baje en un wemilere, o en un toque batá, riéndose. No es aconsejable abrirle los ojos hasta que ella no comience a soltar las carcajadas que la caracterizan porque debe ejecutar primero toda la danza o los movimientos que recuerden el chocar de un bote o un barco contra las olas, sus manos y su vestido deben simular cada uno de esos movimientos, para recordar la escena en que supo que el dios de la belleza masculina era hijo suyo y estuvieron a punto de cometer el incesto o de que su hijo muriera en su propias aguas.