El kikirikí y la muerte

No es
cierto que sea una pérdida de tiempo criar animalitos que no
alcanzan ni para darle sabor a la
sopa…
Hubo un tiempo en que la muerte no
era conocida entre los habitantes del mundo. Vivía apartada en u
lugar desde donde observaba la obra de los hombres y cada mínimo
detalle de lo que hacían.
La gente vivía bien. No había plagas que azotaran los cultivos y
llovía regularmente. El mercado entre los pueblos se había
incrementado de manera asombrosa. La buena fortuna prevalecía en
aquellos parajes de la bonanza, quizás como resultado de las
incontables ofrendas a Oloddumare, las muestras de fe y la
esperanza en la mejoría.
Después que hubo completado su obra de creación,
Oloddumare
se había marchado al cielo a
descansar, dejando a un lado su afán de meter en el debido orden a
los seres vivos. Los orishas, sabiendo que él se encargaba de velar
sobre la tierra, aprovechaban para hacer lo que mejor les parecía.
Sabían que su estancia en este mundo no duraría mucho. Luego ellos
serían los encargados de la disciplina y de consolar las desdichas
humanas. Y así mismo ocurrió, apenas el grandísimo calculó que las
cabezas habían sido bien repartidas, subió a los cielos.
Hizo desaparecer el castillo blanco lleno de lámparas y jardines
donde se celebraron banquetes, fiestas y competiciones de cocineros
—este ser supremo nunca renunció al buen gusto del paladar
aún cuando tenía en la cabeza todos los problemas de la raza
humana. Poco a poco, se desvaneció, como una niebla densa ante la
luz del sol, la colina donde estuvo enraizada su palacio inmenso.
Como una columna de humo subieron los ladrillos, piedras, árboles
enanos, flores de muros, velas inapagables, cortinas doradas,
merengues eternos, como siguiendo el antojo de un sueño, el pequeño
tornado mutante que fue el estadio de ese ser increíble que trajo
la vida a una tierra llena de forestas salvajes, oscuridades y
tinieblas.
Ante tal ausencia y la poca familiaridad con la autosuficiencia,
los hombres quedaron como caminando a tientas, les fallaban las
ideas, no tenían a dónde ir a consultar sus problemas, no tenían
con quién compartir sus desdichas y alegrías.
Quedaban los orishas, por suerte. Hijos del notable dios que había
dado un orden lógico a la tierra; pero ellos, como hijos
malcriados, eran todavía inexpertos en cuestiones administrativas y
teológicas. Habían vivido de conga en guaracha y el impacto de
asumir la realidad y dirigirla, les parecía una empresa de locos,
demasiado difícil de gestionar.
No fue hasta pasado mucho tiempo después que algo les hizo
equilibrar el pensamiento y recapacitar. Aunque fue un poco tarde:
perdieron una parte de la reputación que les confería el titulo de
“hijos de Oloddumare”.
Otra diosa, abrumada y silenciosa, vivía en la tierra desde hacía
tiempo. Pocos podían verla, era necesario tener una visión aguda. Y
Oloddumare la reconoció desde que apoyó los pies en la tierra
bañada de sombra forestal. Ella no dijo nada, él tampoco. Ella
estaba simplemente presenciando todo lo que acaecía.
Eran hermanos, creados por la misma fuerza misteriosa, con tantos
poderes uno como el otro. Sólo que ella, Ikú, como nunca tuvo
vocación de maga fue olvidando los algoritmos que los hacían
funcionar. Esos poderes estaban ocultos en su pensamiento a causa
de un síndrome depresivo congénito del que nunca supieron la causa.
Tal vez fue debido a su color ocre, oscuro y marrón, una mezcla
extraña. Cuando observaba sus ropas no lograba pensar con optimismo
ni tejer sueños.
Ella desapareció de los cielos y bajó a este planeta a vivir la
calma que siempre respiraron sus ojos, una paz intrigante que puede
ser fatal si se le encuentra con nuestros ojos de mortales. La
tierra, silenciosa y pesada, mantuvo el ritmo que Ikú había
buscado. Hasta que llegó su hermano; digo, hasta que él conversó
con ella, con cara de haberla visto la noche anterior, y la
convenció de que había vivido por siglos en un lugar hermoso, pero
que aún merecía ser mejorado para que no la contagiara y se
convirtiera en una vieja quisquillosa. Ella no lo comprendió del
todo, se sentía a gusto en la soledad; pero tampoco quería pensar
ni imaginar lo que nunca había visto.
Los cambios comenzaron. Oloddumare mandó a Oggún, Ochosi, Elebwá y Yemayá a explorar las tierras donde Ikú se había autoexiliado. Descubrieron que, tumbando
un poco de maleza y vegetación, los paisajes que se abrían delante
de sus ojos eran tan paradisíacos como les había comentado su
padre.
Oloddumare, con su espíritu de creación, decidió poblarlos
de animales y seres inteligentes; pero sin utilizar material
divino, no estaba dispuesto a crear otros dioses que en un final
serían otros hijos malcriados. Le gustó la idea de moldear una raza
nueva y pensó en el hombre. Podía hacer muchos de ellos
economizando materiales, o más bien, utilizando los mismos
principios básicos que le daba el nuevo planeta, bastaban un poco
de conocimientos de bioquímica y genética.
Ikú veía el trajín de lejos, moviendo las cejas con asombro.
Tratando de recordar algunos hechizos mágicos para no quedarse
atrás ni dar una fea imagen a sus sobrinos, ¿qué dirían de una tía
medio entretenida e incapaz…? Quería hacer algo importante
también. Pero cuando movía las manos sólo le salían un poquito de
estrellas que se desvanecían con un respiro. Así que decidió
continuar inmóvil en su repetida paz, mientras su hermano no la
molestara. De vez en cuando alzaba la vista para ver cómo andaban
las cosas en estos lugares que una vez fueron suyos y que ahora
habían sido arrebatados por un simple capricho de creación.
Con el paso de los años, como mismo había hecho durante todos los
tiempos, Oloddumare se olvidó de su hermana. Eran tan escasas sus
señales de vida que pasaba inobservada. Mas no por mucho rato. Él
no recordaba a la perfección las lecciones a la que asistió con su
hermana cuando eran pequeños. Moldeando los seres vivos del nuevo
mundo pensaba que todo iría a la perfección; sin embargo, estaba
errando. Observó que su obra envejecía sin remedio. Los animales
después de una veintena de años casi no podían caminar, se dejaban
caer en el suelo sin fuerzas, desanimados; pero sin dejar de vivir,
o sea, padeciendo la mala suerte de estar vivos. Los hombres podían
durar al menos unos doscientos años llenos de fortaleza, pero
después de pasado ese tiempo comenzaban a derrengarse, se les
encurvaba la columna, debían estar metidos en sus casas siendo
alimentados por los más fuertes, no tenían energías ni para
lavarse.
Comenzó a preocuparse a tal punto de reducirse al mal de familia,
se deprimió viendo el horror que sucedía en su creación; como su
hermana cuando se detenía a observar ropas oscuras que vestía. Un
tarde deambulando silencioso por el mundo se tropezó con
Ikú; nadie más poseía poderes mágicos por lo que se
sintió estimulado a preguntarle si podía hacer algo para remediar
sus errores.
Ella había estudiado algunas lecciones de magia creadora con su
hermano; sólo que se había descuidado de los libros y no tenía
intenciones de mejorar su cultura. Conservaba algunos recuerdos de
aquellos años de estudio y en particular modo aún mantenía vívido
en la mente aquel tipo de creación hecho de energías vivientes, o
sea, de cuerpos hechos de magnetismos y no de materia, claro que
para crear esos seres debía tomar otros seres de materia. No sabía
bien adónde iba a parar con sus experimentaciones pero podía
tranquilamente probar con las criaturas imperfectas de su hermano.
¿La muerte? Beh… podía ser una solución, para obtener la
energía de aquellos seres, un modo de separarlos del cuerpo
envejecido che Oloddumare había creado.
Recordaba cómo llevar a la muerte a los vivientes, incluso a los
inmortales creados por su hermano, los orishas, otro tipo de
creación; que por supuesto, daría lugar a un tipo de seres hechos
de pura energía, distintos. Menos mal que en sus apuntes no tenía
escrito cómo matar a los super inmortales, como ella y
Oloddumare. Con la imprecisión adquirida en su vocación de
aislamiento habría matado hasta a su hermano en un descuido
—como ha hecho después que le cogió el gusto a crearse un
mundo aparte.
Podría crearse un mundo propio donde no sería molestada por nadie.
No era en otro lugar que en ese mismo donde vivían los vivos, la
tierra. Un lugar sin problemas de espacio: vivos y muertos podrían
convivir sin molestarse recíprocamente, unos como materia y otros
como espíritu; pero para acceder a él primero deberían contar con
ella.
No se sabe cuál fue el aspecto principal dentro de la receta mágica
para matar a la gente. Con el transcurso de las generaciones se ha
ido tergiversando —como sucede siempre en los asuntos
misteriosos de la magia— y ahora hasta los que no tienen
poderes mágicos como ella se inventan su receta propia. Unos lo
hacen con cuchillos, otros con una horca, otros despedazan a sus
"víctimas" (así se conocen quienes han sido matados por los
seguidores de las doctrinas de Ikú) y hay lugares donde era todo un
espectáculo ver matar a otros: lapidaciones, guillotinas, el circo
romano, las cruzadas (decían que mataban en nombre de un dios que
tenía un nombre distinto al de Ikú; no entiendo el porqué, fue ella
quien inventó la receta original…) y campos de concentración
donde el objetivo no era crearse un mundo aparte sino "depurar"
éste en el que vivimos aprovechando como materia prima a las
"víctimas.
La fama de Ikú ha alcanzado niveles espectaculares, sería
tedioso enumerar las distintas recetas que se han inventado con los
años. Pero, volviendo a los inicios, Ikú hizo una aparición
elegante e inteligente, decidió eliminar a los viejos por
exterminio masivo, de una sola pasada y sin usar los medios que hoy
utilizan sus fanáticos. Recomendó a Oloddumare que limpiara bien los alcantarillados y desagües
de su castillo y provocó en el cielo una acumulación de nubes
relampagueantes y lloronas que taparon el cielo por cuarenta días y
cuarenta noches en las que tampoco se vio la luna. Los hombres
comenzaron a correr a los árboles y a las montañas para salvarse
del grande aguacero que veían avecinarse y —como es de
suponer— los viejos no podían correr a ningún lugar seguro:
murieron ahogados. Algunos de los ancianos lograron subir a los
árboles y era entonces cuando Ikú presa de la euforia daba muestras
de su innata imprecisión: tratando de que no quedara ni un solo
viejo vivo lanzaba rayos contra ellos y los asaba encima del árbol
que, indiscutiblemente, cogía candela en el acto y quemaba no
solamente a los viejos sino a los jóvenes y niños que allí se
protegían de las inundaciones.
Nada, que todo el que no tuvo suerte recibió su cuota mortal.
Aún cuando los principales objetivos habían sido cumplidos
por Ikú, se veía la lluvia que castigaba el
mundo. Oloddumare, alarmado por las condiciones en que se reducía
la creación, pidió a Ikú que no le dejara tanto desorden en la tierra y
que por lo menos hiciera que el agua se llevara los cadáveres al
mar. Ikú asintió pero era tanta la alegría de tener su
propio mundo y el desepsreo por darse al control de los nuevos
ingresos en mundo que llovió más tiempo del previsto. Aún hoy día
se encuentran cadáveres de los animales gigantescos que
Oloddumare
había creado y no precisamente en el
mar, sino en valles y montañas donde el agua cubrió con todo lo que
vivía.
La tierra quedó devastada, y Oloddumare dispuso una vertiginosa velocidad en el
crecimiento de frutas y plantas para que el pueblo no padeciera
hambre. El paisaje se veía reverdecido, próspero. La gente estaba
alegre sin preocuparse por los viejos inútiles que deseaban morir.
El que no podía soportar la ausencia de sus muertos recurría al
suicidio por ahogo, lanzándose a los ríos o desde los acantilados
hacia los mares recordando la original receta de Ikú. Vale decir
que este tipo de muerte estuvo muy de moda por esos tiempos; porque
una vez conocida muchos prefirieron usarla antes de padecer el
mínimo dolor de sus cuerpos, hubo quien por un simple dolor de
muelas tocó a las puertas del mundo de Ikú.
Con la prisa que Oloddumare impregnó al ritmo de las cosas los períodos de
cosechas llegaban primero; pero también se acortó el tiempo de vida
humana. Aún así, hay quienes sostienen que todo mejoró
considerablemente. La conciencia humana aumentó ante el peligro.
Aprendieron a cuidarse y amarse pues la gente, aún sabiendo que
podía mejorar sus condiciones en el mundo de Ikú, prefería sufrir
dolores pero estar junto a la persona amada. La humedad de las
lluvias provocó el brote de las llamadas "enfermedades" que también
llevaban a la muerte y aunque eso ocurrió por una equivocación de
Ikú en su receta de aguas, relámpagos y expiraciones,
Oloddumare
no hizo nada por repararlo.
Se cuenta que Ikú comenzó una vida de reina en su nuevo mundo y se
sintió verdaderamente feliz de haber creado, aunque por
equivocación, a la enfermedad, el susto, y el suicidio pues estas
primeras versiones de su invención le reportaba numerosos ingresos
de nuevos seres en sus dominios. Pero no le fascinaba mucho la idea
de estar rodeada solamente de viejos decrépitos, de inhábiles y de
cobardes; con los antecedentes de depresión que poseía en su linaje
podría contagiarse nuevamente viendo estas personas que aunque no
padecían dolores — pues la energía no sufre — no eran
extremamente positivas. Necesitaba vida, fiestas, motivos de
alergía y como su único modo de creación era tomando de lo
que Oloddumare había llevado a la vida optó por llevarse a su
mundo al primero que se le apareciera por delante.
En el mundo de los vivos estaba perfectamente organizado el plan
terrenal y Oloddumare había retomado el camino hacia su morada en los
cielos. Fue cuando hizo desaparecer aquello que pudiera atestiguar
su paso por estas tierras pues consideraba que la privacy era
indispensable para mantener su aureola mágica y visitaba sus
criaturas sólo en situaciones especiales. Para ello se hospedaba en
una ceiba de la cual nunca se supo el paradero. El lugar donde
Obbatalá ha vivido desde siempre como agradecimiento a la
gigantesca planta que brindó abrigo a los orishas en el principio,
cuando vinieron a conquistar la tierra y las tinieblas echaban
miedo. Ellos fueron más ingratos, pues apenas construyeron los
primeros bohíos descendieron de sus ramos sin siquiera despedirse.
La ceiba entristecida comenzó a llorar y estuvo cerca de la
deshidratación, metiendo en peligro su vida. ¿Qué quedaría de
aquella verde y frondosa morada? Un tronco seco y polvoriento que
con el cursar de los años desaparecería y con él la huella de su
importancia en la génesis del mundo. El rumor de sus lamentos llegó
a los oídos de Obbatalá quien, no pudiendo soportar su sufrimiento,
se quedó haciéndole compañía hasta nuestros días.
Todos sabían que en una ceiba del monte ocurrieron estos mágicos
acontecimientos, y llevaban a los pies de todas las ceibas ofrendas
a Oloddumare y los orishas. Asegurando así el buen visto de la
parte celestial.
Por un gran período la desdicha se olvidó de la existencia humana
mientras la muerte, que llegaba de modo natural, quedó en el
recuerdo.
Ikú, pensando que su hermano la había traicionado en
el pacto de crear dos mundos diferentes, decidió que era el momento
de incrementar el número de habitantes en su reino. Comenzó por los
animales, devastando parajes y dejando naciones enteras sin rebaños
de cabras ni bueyes para arar la tierra. No habría resistencia por
parte de sus sobrinos, los orishas, que estaban demasiado ocupados
en traer hijos al mundo y en asuntos de fiestas y tambores. Además,
si se hubieran opuesto, les habría llevado consigo.
Mató, acuchilló, provocó contiendas, enfrentamientos inexplicables
entre los toros; en las sabanas se veían lagos de sangre, cabezas,
cuernos y piernas flotantes pues los animales se combatían entre
ellos mismos, eran campos de batalla y de muerte. Luego convocó
bacterias y virus para que la ayudaran, dijo que les fortalecerías
para que se hiciesen respetar. Fue horrible el recorrido de la
despechada diosa por el reino de los vivos. Hasta que llegó al
patio de un matrimonio youba y comenzó a hacer de las suyas.
Quiso matar los animales por impresión, con el susto. Así asesinó
seis patos, cinco gallinas, nueve carneros, cuarenta chivos,
veintitrés vacas. Gracias a que Oloddumare había dado el poder a los animales de reconocerla
y, al ver la fealdad que usaba para la ocasión, caían al suelo con
el corazón destrozado; pero, aunque piensen que fue una
equivocación suya, no fue así. El kikirikí estaba escondidito entre
el guano que se secaba en medio del patio para reparar los techos y
al verla se dijo, “ésta piensa que va a hacer lo que le venga
en gana". Esperó a que se le acercase, lleno de bravuconería.
Cuando ya la tuvo a solo dos pasos se tiró en el suelo haciéndose
el muerto. A lo que Ikú exclamó, "qué cobarde, no tuve ni que
asustarlo… " y soltó una carcajada triunfal volteándose para
continuar con su matanza. Pero el kikirikí se alzó y comenzó a
darle espuelazos por dondequiera para que aprendiera a no matar por
el simple placer de no sentirse aburrida. Cuando Ikú se sintió
atacada no supo de donde venían los golpes. Se asustó de tal manera
al ver su atacante que le cogió un miedo increíble al kikirikí.
Pensó que el diminuto animal tenía la capacidad de morir y revivir
a voluntad, no podía tener alguien así en su reino. Uno que andaba
contra sus reglas sin pedirle consentimiento sería la causa de su
intranquilidad y esto, indudablemente le haría recaer en depresión.
Cuando lo vio levantado de su muerte y lleno de ira contra ella. No
concebía que un muerto resucitase. El plumero que se armó en el
patio fue enorme; parecía que un remolino de vientos atacaba la
señora de ropas oscuras. Picotazos por aquí, espuelazos por allá.
El kikirikí la hirió en las piernas dejándole una pluma incrustada
que más nunca pudo quitarse y le quedó como recuerdo de su único
enemigo.
Desde entonces, en todas las casas yorubas acostumbran a criar
gallitos kikirikíes para alejar la muerte. A quien salga esta
historia en el oráculo de los yorubas se le aconseja tener al menos
una pareja de ellos en casa, para que Ikú se mantenga a la
larga.




