El príncipe que se volvió oricha

El rey
Okuboro y su esposa Añakí tuvieron un hijo al que llamaron Elegba.
Fue un niño inquieto y juguetón que gustaba de hacer
travesuras.
Cuando ya era adolescente, salió un día de paseo con su séquito y
al pasar por un terreno donde la yerba estaba muy alta, el príncipe
ordenó detenerse, se encaminó a la enmarañada manigua y anduvo
hasta un lugar donde le parecía haber visto una misteriosa
luz.
Allí encontró un coco seco al que le brillaban dos pequeños ojos y
con gran respeto lo recogió, ante el asombro de sus acompañantes,
que no entendían cómo un objeto, al parecer insignificante, había
logrado apaciguar al inquieto muchacho.
Cuentan que nadie hizo caso al hallazgo del príncipe, por lo cual
este lo dejó detrás de la puerta y se encerró en sus
habitaciones.
Tres días después Elegba falleció y el coco comenzó a brillar con
tal intensidad que todos quedaron sobrecogidos.
Pasado el incidente olvidaron el coco. Sobrevino una cadena de
catástrofes naturales, guerras y hambrunas que estaban destruyendo
al pueblo. Alguien tuvo el tino de acordarse del coco que yacía
olvidado detrás de la puerta del palacio y fueron a buscarlo, pero
ya lo encontraron podrido y lleno de insectos.
Acordaron entonces botarlo en el mismo lugar en que el fallecido
príncipe lo había encontrado. Cuando lo arrojaron, chocó con una
piedra y se partió en cuatro pedazos, dos quedaron con la masa
hacia arriba y dos hacia abajo. De inmediato la piedra se iluminó
como antes lo había hecho el coco. Los presentes la tomaron con
mucho respeto, la llevaron al palacio y la colocaron detrás de la
puerta.
Allí recordaron siempre la memoria del príncipe Elegba y sobrevino
entonces una época de paz y prosperidad.
Extraído del libro "El mundo de los Orichas"
de Arisel Arce Burguera y Armando Ferrer Castro
Editado en el 1999 por Ediciones Unión.




